¿Realmente estamos más enfermos a nivel mental o vivimos en un sistema que no tolera la diferencia? Una crítica existencial y cultural al discurso clínico del sufrimiento

En la actualidad, se afirma con frecuencia que la enfermedad mental ha aumentado significativamente, incluso muchos hablan de «pandemia de salud mental». Las cifras de depresión, ansiedad, trastornos de personalidad o conductas suicidas parecen confirmar un panorama en auge con el consiguiente aumento en medicación, donde España se corona como el número 1 en consumo de benzodiacepinas. El discurso predominante atribuye este incremento a una mayor visibilidad, al progreso diagnóstico y a la disminución del estigma. Los famosos hablan de sus terapias, ahora todo el mundo sabe que tiene uno u otro trastorno; se ha democratizado hablar de la salud mental sin esconderse.  Sin embargo, me surge un pensamiento ¿y si esta explicación fuera solo una parte del fenómeno? ¿Y si el verdadero motivo del aumento del sufrimiento psíquico fuera cultural y no solo clínico?

En lugar de asumir que cada vez hay más enfermos mentales, y que ya no hay miedo a hacerlo público, podemos pensar que vivimos en un sistema social que no tolera la diversidad psíquica ni existencial. Un sistema que, bajo la apariencia de progreso, ha estrechado tanto los márgenes de lo que se considera «funcional», «saludable» o «normal», que todo lo que se desvía de ese ideal se medicaliza o se diagnostica. Como ya anticipaban pensadores como Foucault o Thomas Szasz, la psiquiatría y la psicología no solo curan: también disciplinan. El DSM no es solo un manual diagnóstico; es también una herramienta cultural de orden, que está en continuo cambio, pero que rige los límites de donde empieza y acaba la eutimia. 

Hoy, se espera que el individuo sea productivo, resiliente, comunicativo, socialmente activo, emocionalmente positivo y con un proyecto vital claro. Aquellos que no se ajustan a lo marcado, por temperamento, historia, trauma o simplemente divergencia, son rápidamente etiquetados: depresión, ansiedad, TDAH, trastorno de personalidad y además medicados. No vayan a no ser productivos vayan a meter la pata en esta sociedad tan encorsetada.  La tristeza, el desarraigo o el vacío existencial ya no son experiencias humanas comprensibles, sino síntomas clínicos que deben eliminarse. La cultura del bienestar ha sustituido al sentido por la funcionalidad.

Este fenómeno no solo oprime a las personas, sino que desconecta el sufrimiento de su contexto estructural. En vez de preguntarnos cuales son las condiciones de vida generan angustia, cuestionamos a las personas por su falta de adaptación. Se prescribe medicación, terapia breve o mindfulness, pero no se modifica el sistema que exige demasiado y ofrece muy poco. Así, la salud mental se convierte en una forma de ajuste forzoso, no de liberación.

Frente a esto, el enfoque existencialista y crítico propone otra mirada. No toda tristeza es patológica. No toda disfunción es fracaso. A veces, deprimirse no es una enfermedad, sino una respuesta lúcida al sinsentido, a la presión o al aislamiento estructural. A veces, la angustia es una señal de humanidad, no un error que corregir. Quizá el verdadero problema no está en nosotros, sino en un mundo que ya no deja lugar para ser distintos, lentos, inciertos o frágiles. Y si lo que realmente hubiera que cambiar, no fuera a las personas que no encajan, si no al sistema que nos hace encajar de manera rígida en algo, a seres individuales, diferentes, y hacerlos pasar a todos por un mismo marco, lo cual genera al final, una insatisfacción generalizada, ¿tratada a base de fármacos? 

Tal vez no necesitemos más diagnósticos, sino más preguntas. Más comprensión de lo que somos y menos imposición de lo que deberíamos ser.

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